Era por la mañana. Me levanté y lo vi, tendido en el suelo. Roncaba sin cesar; parecía estar disfrutando de lo lindo en su sueño, en algo que nunca sabré a ciencia cierta como era, ya que, como tanto desvaría, no podía sacar nada en claro.
Entonces, se levantó de su sueño, de su dulce y placentero sueño.
-¡Ay! Mi preciosa Dulcinea del Toboso, de donde yo te vi por primera vez a lo que ahora me has hecho…: ser un hombre real, totalmente yo mismo.
Entonces, sonando mi tripita y casi no pudiendo pensar mucho, me di cuenta de que lo que decía don Quijote no tenía coherencia, que no tenía sentido. Alcé la vista hacia él, pero vi que de nuevo se había dormido. Su sonrisa en su rostro me demostraba que había estado soñando con su amor platónico, haciendo cosas… tales cosas las cuales nunca supe.
Al cabo de varios minutos, cuando ya me había zampado… cuando ya había disfrutado del placer de la comida matutina, y después de ir a por un cuenco de agua para que mi amo se refrescara un poco, el desdichado hidalgo se despertó. Y, como todas las mañanas, comenzó a gritar, a escandalizar, transmitiendo (si es que era eso lo que pretendía) ideas de la vida, pensamientos no desarrollados en aquellos tiempos.
-¡¡¡Sancho!!! –empezó a llamarme, así que me acerqué enseguida, para ver qué quería-. Sancho, tráeme mis armaduras y armas, mi equipo de combate, que zarpamos en pos a un castillo que aquí cerca edificado está. Y recuérdame, mi fiel vasallo, que le pida a su rey todas las tierras que me pertenecen por haberle hecho ese tan repentino trabajo que me pidió, ya por ser yo su mejor amigo.
-¿De qué trabajo me habla mi señor? –me interesé.
-¡Ay, mi escudero! Que te tengo te repetir mil veces y una más todo lo que vamos haciendo en el transcurso de nuestro viaje… Refresca tu memoria, y ya no preguntes más en toda tu vida.
Con la boca abierta por no saber de qué hablaba don Quijote, abandonamos el lugar, aquella explanada donde pasamos la noche, y nos fuimos hacia aquel castillo imaginario el cual mi señor tanto afecto le tenía, tanto afecto y necesidad de ir allí por razones que él mismo conocía muy bien.
Y llegamos allí, a aquella venta, aunque mi amo se creyese que de un castillo se trataba. Fuimos a hablar con el dueño de aquel habitáculo y, como no, nos echaron a patadas por las injurias que don Quijote dejó escapar por su boca. Le lastimaron más que de un rufián ladrón se tratase; nos alejamos de allí, de aquella venta supuestamente castillo, un castillo que recordaríamos toda nuestra vida y después de la muerte.
¡Qué hambre tengo…! Tengo ansiedad cuando nos ocurre tales desdichadas catástrofes con mi amigo don Quijote, el Caballero de la Triste Figura.